Me gusta lo que hago y me siento entregado. La recompensa que genero es volver a casa al atardecer (cuando no vuelo para ir a ensayar algo) y ver la tele, cosa que hago desde que regreso del nido. Ese hecho, aunque suene infantil, me llena un montón. Descanso y hago algo que de algún modo me conecta con mi niñez. Quizá esté el olor a “tarea cumplida” que a muchos les ha de parecer odioso. Para otros debe sonar al halago del conformismo. Nada de eso. Es un rato en el que me relajo viendo El Chavo del 8 como lo hago desde hace dos décadas, tomo mi lonche y compro el pan como lo hago desde que vivíamos en la casa de mi abuelita y, si hay suerte, comparto el pan con quien esté en la casa, ahora que casi no los veo. Todos tienen algo que hacer. pero no me quejo, porque cuando fui niño lo disfruté. Y ahora es el estandarte de mi cultura Kidult. Escucho La Inolvidable con los temas que me he acostumbrado a escuchar desde siempre a esa hora. Toda esa mezcolanza me hace generar algunas de las ideas quemadas que aplico en el trabajo, etc.
Sin embargo, desde que vivimos en Jesús María no he vuelto a ver el atardecer desde la ventana de mi sala. Mi casa parece hecha por el mismo que hizo el Rancho Skywalker, pero el de Tatooine. O sea, es bien complicado que entre la luz a la sala. Estamos rodeados de paredes y lunas polarizadas. No me deprime. Pero no es lo mismo que disfrutar el tomar café con leche y mirar a la ventana. Tengo una azotea, pero el lado que da al horizonte tiene una pared por el patio del vecino del otro lado. Pucha digo. Cada vez que salgo por las tardes me acuerdo del horizonte y no quiero perderlo. Y aunque no lo hago como antes, me enajena ver el atardecer frente al mar. Demasiado.
En Japón me ocurría casi el efecto contrario. Bueno, es que era verano y el cielo allá tiene un azul muy bonito. Así podía ver un atardecer rojísimo y la luna por las noches. pero de cuando en cuando me sentía algo triste, porque durante algunos días no veía ni una nube. Y nublaba. Y venía la lluvia, pero estaba contento, porque ese detalle me devolvía a Lima de algún modo, lo que no quiere decir que me deprimía Japón. Todo lo contrario. Pero me recordaba de dónde era.
El atardecer es como una muerte chiquita de todo lo que fue uno durante el día. Pero como la muerte misma, es sólo un estado de tránsito hacia otro estado de la existencia. Y si hay una luna por venir, pues vale la pena.
2 respuestas hasta el momento ↓
atormentado // Septiembre 6, 2007 a 3:01 am |
Hola Roberto!
meses que veo telurica y la priemra vez que entro a tu blog.
en realidad no sabia que tenias uno, bueno era obvio que debias tener uno no? sino dejaba de ver telurica! jaja.
y encima que entro me doy con la sorpresa que me tienes linkeado!! wauuu . gracias!
ahora ke regrese a mi blog te linkeo!
el otro dia me parecio vertejusto en la eskina de mi casa , por larco con 28 de julio en miraflores te iba pasar la voz pero tabas con un monton de gente y no estaba muy seguro si eras tu.
bueno. visitare ahroa mas seguido tu blog!
saludos!
Julio
Fumanskita // Febrero 21, 2008 a 4:24 pm |
Que profundo mensaje luego de ver o no poder ver un atardecer y eso que dices de ir a casa y ver tele, tomar lonche con mi pancito de yema y su mantequillita, me he sentido identificada.
Cuando era niña siempre miraba el atardecer y quise inmortalizar uno de los tanto que veia en el norte y plasmarlo en una hoja de papel pero el sol se ocultaba muy rapido y no podia terminar de hacerlo.
Ahora ya toda una señorita, muchas veces estoy en mi oficina y veo un resplandor rojo que llega del hall y siempre salgo y pues es producto del atardecer, el mismo atardecer que veia de niña.
Katita Madafaca
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