Archivo mensual: diciembre 2007

Teatro en el Pabellón 2B – Cuando estuve dentro del penal Castro Castro


La semana pasada realizamos la muestra de “La Manzana Prohibida”, obra de Gonzalo Rodríguez Risco, como examen final de mi amigo Enrico Méndez para su curso de dirección en la Escuela Nacional de Arte Dramático (ENSAD). Ese fue el punto final de casi cuatro meses de proceso para preparar la obra, junto con Adelaida Cabana, mi compañera de elenco. Ahora estamos atentos a la oportunidad de realizar una temporada.

Pero como parte del entrenamiento, presentamos, a modo de pre-estreno, la obra en una cárcel, como parte de un acuerdo entre el INPE y la ENSAD para llevar teatro a los reclusos en el penal Castro Castro.

Enrico nos consultó si podíamos aceptar esta propuesta, a modo de preparación para la muestra final. Yo me sorprendí. Nunca había imaginado una oportunidad así. Y no sabríamos qué clase de reclusos irían a ver la obra, siendo reclusos de seguridad intermedia. Más aún, siendo de temática homosexual: ¿La recibirían bien? ¿La entenderían? Además, sería el debut absoluto, con lo que eso conlleva (tensiones, apuros, arreglar marcaciones, texto, etc.).

Pero, ¿porqué no hacerla? Justamente allí estaba el reto: Hacer que la entiendan, fueran quienes fueran. Adelaida y yo aceptamos con tranquilidad. Pero seguíamos con la curiosidad. ¿La entenderán?

“La Manzana Prohibida”, por si acaso, trata de dos amigos: una chica que busca amor en su mejor amigo, quien es homosexual, pero que se lo ha ocultado siempre. O sea, la pregunta era siempre: ¿la entenderán?. Enrico nos comentó al ensayo siguiente que se trataba de reclusos de seguridad intermedia o alta, así que posiblemente se trataría de presos por narcotráfico, ex-funcionarios corruptos o presos políticos. Así que iban a ser, de algún modo, presos “leídos” o al menos con cierta “cultura” o “modales”. Yo comenté algo que aún sostengo: Entre llevarle teatro a un reo común o a algún ex-congresista corrupto, mil veces preferiría actuar frente a un reo común, porque los que han cometido desfalco, los congresistas corruptos y todos esos que le robaron el dinero al Estado y matado las esperanzas de la gente… todos esos rateros de saco y corbata no merecen ver nada de nada. No lo merecen.

Pero antes de la función, nos enteramos quienes iban a ser nuestro espectadores: los presos por terrorismo del Pabellón 2B de Castro Castro.
Bueno, a lo hecho, pecho. Conversando con Adelaida y con Enrico, comentamos que al menos, era gente que sí era leída. Generalmente los presos políticos caen en esa condición por cómo aplican su ideología. Y eso implica un nivel cultural superior al resto de reclusos, fuera cual fuera su color político. Al menos ya estabamos tranquilos por ese lado. Faltaba que llegara el día del estreno.

Y el miércoles 28 estuvimos allí, previo ensayo en la ENSAD. Llegamos a las puertas del Penal alrededor del mediodía, con la instrucciones básicas: No más papeles que el DNI, no celulares, no cámaras, etc. Llegamos con Fernando Ramos, quien es el coordinador de este programa. Fernando, a todo esto, ya estaba llevando teatro a las cárceles por más de 20 años. Fuimos también con otro elenco pequeño compuesto de otros tres alumnos, quienes llevaban un número cómico sobre el muqui, un duende peruano. Así, dejamos afuera encargadas las cosas que no podíamos hacer pasar al penal.

Tras esperar a que Fernando acabe con el trámite de la autorización, entramos. Eso fue atravesar la puerta externa del Penal, la revisión a la entrada del Penal propiamente dicho y a la de los pabellones. Acabamos cada uno con un sello en el brazo, y a Adelaida, además, le marcaron con un número. En la revisión de adentro de la cárcel estuvimos tranquilos. A Adelaida no le hicieron problemas por haber ido con pantalones, cosa prohibida para las mujeres que visitan un penal. Tampoco lo tuvimos con la utilería que llevamos. Hablando de visitas, habían señoras de diversas edades, llevando incluso niños menores de 5 años. Había una mujer algo voluptuosa que supusimos iba a visitar a algún “afortunado” reo por narcotráfico. Luego nos dirigimos hacia la entrada a los pabellones. En ese momento fue cuando realmente me asusté, al menos por unos instantes, porque entraba a algo desconocido. De allí, tras el último sello de registro, nos recibió uno de los reclusos, con la serenidad del hermano convertido, lo que me sorprendió. Con toda amabilidad nos guió hasta la rotonda, que estaba vacía de gente, pues a esa hora los presos estaban dentro de sus pabellones. Ellos, al reconocer a Fernando, lo saludaron, pues como lo dije, lleva teatro a las cárceles de hace 20 años.

Cuando entré al pabellón 2B con mis amigos, todo lo que me sorprendía del penal hasta antes de ese momento quedó, incluso, hasta insignificante. Ese pabellón era una verdadera sorpresa.

Los reclusos por terrorismo que estaba a la entrada tenían unos rostros serenos y nos saludaban. Al adentrarnos vimos su tienda de abarrotes en perfecto orden, y no sentí hacinamiento. Entonces nos llevaron al comedor del primer piso, que antes era un locutorio: las mesas y asientos eran de cemento, y siendo la 1pm, tocaba la hora del almuerzo. En las paredes veía periódicos murales con las marchas senderistas escritas en papelógrafos, recortes de periódicos con noticias relacionadas al Presidente Gonzalo y la lucha popular, ahora con un discurso más moderado. Obviamente las “notas sociales” trataban acerca del cambio en la sociedad según ellos. Y quienes estaban allí nos saludaban con total amabilidad y nos invitaron a la mesa, a conversar mientras iban a servir el almuerzo.

Yo estaba tranquilo, aunque desde el saque no dejaban de exponerlo todo según su punto de vista. Hablamos de varias cosas. Uno de ellos, con aspecto de provenir de la clase media alta, claro y canoso, hablaba de Antígona y su mensaje sobre el cumplimiento del deber. Otro, llamado Wilfredo, nos explicaba muchas cosas. Él fue con quien más hablé en esa cárcel, fue un poco el Virgilio de ese extraño “infierno”, donde ví condenados, pero a ningún “infeliz“.

Wilfredo tenía cinco años de reclusión en Castro Castro, tras haber sido trasladado del penal de máxima seguridad de Yanamayo, como varios de sus compañeros, en donde estuvo como diez años. Varios estaban así. Él me expuso la situación dentro del partido, que por orden del Presidente Gonzalo ya se había terminado la guerra contra el Estado Peruano y que había que continuar la lucha popular a otro nivel. Me dijo que ya se habían dado cuenta de su error y de todo el daño que se generó de una guerra en la que nadie puede atribuirse en sí gloria alguna. Toda esa devastación que provocó Sendero Luminoso será muy difícil de reparar, así como los abusos cometidos por parte del Estado, en una compleja vorágine cuyos huérfanos, viudas y todos los que sufrimos de algún modo sus consecuencias nunca vamos a entender del todo. Nunca.

Nos contó acerca de otros presos que habían salido de la cárcel tras 19 años, y que, apenas salieron, sufrían de mareos. Esto era por haber vivido tanto tiempo con el panorama visual y el desplazamiento físico reducidos a pocos metros, cercado por paredes inmensas, y a ver el cielo casi como una pared más. Algunos, dijo, no podían dormir en una cama, producto de la costumbre del encierro. Wilfredo contó también cómo en Yanamayo los reclusos se las ingeniaron para hacer cultivar un maíz a partir de un grano, recogiendo todos tierra para la maceta y fertilizándolo con sobras de comida. Esa planta, que les alegró el paladar por varias jornadas, fue destruída por una granizada ante la pena general.

Lo que me asombró a todo momento fue la serena convicción con la que Wilfredo y sus camaradas estaban contando sus experiencias, viviendo su ideología. Cualquiera que estuviera en esas condiciones de reclusión se volvería loco. Con más de una década sin libertad, tras haber visto el fracaso de su doctrina entre los peruanos y el derrumbe del modelo comunista en el mundo, con su líder preso… y se comportaban tan, no sé cómo describirlo. Pero hasta diría que nos estaban evangelizando. Salvando las distancias, claro está.

El aspecto de dentro del penal no es tan paupérrimo ahora. Más adentro del pabellón veía una biblioteca perfectamente organizada dentro de lo que contaban, muy bien surtida con literatura de diversa índole. Había una pared con una pizarra, que servía para impartir clases de idiomas (El francés se enseña allí). También contaban con un televisor para ver videos. En ese momento, en el salón se estaba impartiendo clases de poesía, y escribiendo una marcha senderista.

El patio estaba despejado. Allí me acordé de un reportaje aparecido en Contrapunto que ví cuando era niño, en plena guerra senderista de inicios de los 90’s, y que mostraba cómo los presos fortalecían su doctrina con representaciones en donde se exaltaba su visión de las cosas, con pintas en las paredes y uniformados de rojo, muy distinto de lo que habíamos de mostrar esa tarde. Ya se había acondicionado una esquina con una inmensa banderola azul que hacía de telón de fondo y que aludía a las actividades artísticas dentro de la cárcel.

A la hora del almuerzo nos sirvieron guiso de carne. He de decir que quien cocina allí tiene buena sazón. Comí dos platos mientras conversaba y veía un pequeño letrero anunciando el festival de teatro en la cárcel, que llevaba como nombre “Festival Aureo Sotelo”, en referencia a ese autor de teatro popular y de clara tendencia social. Mi mamá tiene ese libro como que era complemento a la currícula de profesora y que leí cuando era niño, por eso me acuerdo.

Preguntaba a varios la razón de su condena y el tiempo que tenían allí. Por ejemplo uno me contó que llevaba como 15 años. Le pregunté si era sólo por su ideología, y me dijo que sí. Le dije que me refería a que si había contribuido con Sendero con propaganda, aportar recursos, etc. Y me respondió que era a todo nivel. A todo nivel.

Luego vendría la obra.

A las 2pm empezamos nosotros. Como camerino nos sirvió la esquina de la banderola y nos acomodamos entre las pesas de yeso y los moldes viejos para hacer cerámicas. Los espectadores estaban en sus asientos. Y con un sol impresionante, arrancamos como primer número.

La obra fue bien recibida entre nuestro público. Al ser un mensaje de apertura, iba a generar cierta identificación con ellos, quienes también se rieron con los elementos cómicos de la trama. La ejecución se adaptó a las dificultades de espacio. Cometimos algunos pequeños errores sin mayor trascendencia, pero en general se realizó muy bien. Entendieron la obra. Eso me gustó mucho. Tuvo eco. Valió la pena.

Acabamos con “La Manzana…” y empezó “El Muqui”. Fue una muestra de humor muy simpática. Y al final hubo una declaración de Fernando, agradeciendo la atención de los reclusos y nuestra colaboración con el programa. A todos nos entregaron cerámicas como recuerdo. A los directores de cada obra se les entregó además un presente en forma de puño, presente muy de acuerdo con la gente que lo otorgaba. “II Encuentro de Teatro Popular 2007”.

Después nos llevaron a conocer los otros ambientes del Pabellón. Y les digo que, a la primera impresión, nadie creería que se tratan de presos por terrorismo. Había un taller de cerámica donde hacían platos y tazas para vender con distintos motivos, incluyendo navideños. Este taller tenía dos hornos, y uno de ellos fue fabricado por los mismos internos. En los pisos de arriba estaban las celdas, reducidas en tamaño. Nos explicaron que antes había un hacinamiento terrible, y que antes recibían comida sólo por una pequeña entrada, a través de la cual también usaban para iluminar sus textos y poder leer, ya que no había luz eléctrica. Los baños estaban limpios, cerca de los talleres para pintar las cerámicas. Había también un pequeño taller de pintura. No es que mostraran una técnica demasiado depurada, pero había cierto manejo de los elementos. Los cuadros que salen de allí cuentan con temática senderista, y ví uno inspirado en la cara gritando de The Wall, Pink Floyd. He visto allí un tópico, la cocina y hasta una pequeña panadería así como una celda con una pequeña biblioteca, en donde uno de los internos ayudaba a su hija a hacer su tarea de matemáticas.

Viendo a la distancia a los otros pabellones, distinguí uno muy limpio, que hasta tenía piso de cerámica, con macetas y con aspecto de albergar gente “pudiente”. Me dijeron que era el pabellón de presos por narcotráfico. Definitivamente los dos pabellones más ordenados eran ese y el de los terroristas. Sólo que en uno el orden lo ponía el dinero y en el otro, la organización de sus internos.

Antes de irnos, nos despedimos de todos ellos en el comedor. Ellos nos despidieron cantando. Todos a una sola voz con una marcha en cuyo coro se entonaba “jóvenes son nuestras esperanzas”. Allí fue cuando realmente me asusté. ¿Qué era lo que los mantenía en pie dentro de su reclusión?

Me dí cuenta que se puede perder la libertad, pero si uno cuenta con un norte definido, con una cosa en la que creer o con la suficiente cultura como para hacerse un refugio dentro de uno mismo, entonces no se pierde la libertad interna, porque aún se decide en qué creer. Y esto le ha ocurrido a muchos reclusos, sin importar ya qué es lo que cree. Le pasó a Cervantes, quien escribiía en la prisión. Le paso a Hitler, quien preso escribió el Mein Kampf o a Solyenitzin, quien resitió la cárcel en Siberia. No importa ya el propósito o lo que crea uno. Yo no comparto la ideología en la que creen ellos, pero no dejo de asombrarme ante su convicción. Y no me parece que hayan montado un número para impresionar, porque si hubiera sido así, no mencionaría el miedo que sentí. Miedo porque podían decir “presente”. Es una fe desgastada la de ellos, pero aún es muy fuerte.

Por algo, además, digo que su existencia podrá ser de todo, menos infeliz. Obviamente nadie puede resistir tanto tiempo preso sin sufrir algún problema, pero por lo visto en ellos, la vida la hace uno. Hay gente que vive en libertad y no la aprovecha. O peor aún, pueden estar en sus casas, libres, sin haber cometido crímenes ni nada, pero que tienen existencias amargadas, como un lastre inmenso.

Durante esos días regresaba a casa muy tenso, y me preguntaba muchas cosas sobre mis actividades, en las que siempre me meto. En medio del stress, me di cuenta que soy libre y que debo de estar feliz por eso. Aún puedo decidir por mí mismo, aún puedo escoger si voy o no a donde me guste, pero el sólo hecho de regresar a casa a pie o en carro es una cosa que yo decido, nadie controla mi sueño y mis ganas por hacer las cosas. Nadie más.

Ese mismo día regresé muerto a la oficina de Telúrica, a seguir trabajando.


Esta foto con los sellos es uno de los pocos testimonios que tengo para probar nuestra estancia allí. Pero razón de ello te puede dar Fernando Ramos, Enrico Méndez y Adelaida Cabana, además de los otros tres actores que hicieron “El Muqui”. También está ese puño.